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2016 | Chile

El poder de la comunidad. Los territorios frente al capitalismo y la destrucción del planeta.

Cumbres internacionales. Los Estados y las grandes corporaciones fingen preocupación ante el progreso del cambio climático y el deterioro de las condiciones naturales de nuestro planeta. ¿Qué tienen que decir las comunidades? ¿Qué están gritando los territorios? ¿Cuál es el rol de los movimientos sociales para defender la tierra? Hablamos sobre estos temas con Daniela Carvajal y Loreto Rodríguez, ambas ligadas a asuntos medioambientales a nivel comunitario. Daniela (27) es antropóloga de profesión, actualmente participa de dos organizaciones que se relacionan con estas materias; la ONG CIEM Aconcagua y la Fundación Habitar. Loreto (27) en tanto, es gestora cultural del Centro EcoPedagógico Aucca, ubicado en la comuna de Talagante, y productora agroecológica de la Cooperativa de Trabajo “La Ruta de La Luna”. A continuación se exponen parte sus diagnósticos, reflexiones y propuestas en torno al cambio climático.

Collage análogo realizado por Nico Sagredo.

Evidencias cotidianas.

Extraños cambios en las estaciones del año y sus temperaturas, heladas y olas de calor, la consecuente alza de precios en frutas y verduras. El agua es cada día más escasa y el desierto se toma espacios donde hasta hace poco reinaba la vegetación. Ambas entrevistadas no dudaron en reconocer en estas transformaciones lo evidente que están resultando los efectos del cambio climático en nuestra vida diaria, viviendo en contextos urbanos, pero principalmente en los territorios alejados de estos.

Loreto destaca algunos fenómenos atribuibles al cambio climático apreciados durante su trabajo cotidiano en el huerto, relacionados con un desbalance en el crecimiento de las plantas. Señala que la variación intermitente entre lluvias y altas temperaturas produce la proliferación de plagas, determinando la necesidad de mayores esfuerzos para garantizar la calidad en la producción de los alimentos. También se da que al ser más larga e intensa la temporada de verano, se extienden las condiciones para mantener el cultivo de plantas de esta época del año, en desmedro de las plantas correspondientes a la siembra de invierno. Las que al intentar adaptarse a ese calor han generado el brote de hongos.

La sequía es otra de las consecuencias que señala Daniela, ya no sólo como un efecto del cambio climático, sino como el resultado de lo mal organizada que está la gestión del agua. Hay muchas zonas entre las regiones 4ta y 7ma donde se están perdiendo cultivos y con ello el trabajo de muchas personas.

 

Cumbre COP21, el cambio climático como nicho de negocio.

Al ser consultadas por la Cumbre COP21 y sus resultados, ambas coinciden en reconocer a este tipo de instancias internacionales sólo como un espacio en donde los gobiernos de los países manifiestan sus “buenas intenciones” sin estar realmente interesados en generar cambios radicales para el cuidado del planeta. Los líderes políticos (o al menos de los países en donde el neoliberalismo está más desarrollado, como es en Chile) realmente tienen muy poco que opinar al respecto ya que están supeditados al control de las grandes corporaciones transnacionales, las que manejan el mundo a través de la explotación de los recursos naturales y que están preocupadas de hacer lobby en este tipo de instancias. Ejemplo de esto es la participación como sponsor en la Cumbre COP21 de la empresa multinacional Suez, involucrada con la producción de energía y los servicios sanitarios, lucrando con el agua potable que bebemos todos.

Luego, los acuerdos tomados en esta cumbre son realmente blandos y poco operativos. Continuando incluso con políticas adoptadas en encuentros anteriores, donde se fomentan las plantaciones forestales como estrategias para luchar contra el cambio climático y disminuir la emisión de gases de efecto invernadero. Lo cual es una gran aberración, pues hay muchas pruebas de que las plantaciones forestales incrementan la demanda hídrica sobre las cuencas, erosionan los suelos, y son una tremenda pérdida de biodiversidad. Así, el cambio climático se ha transformado en un nicho de negocio más, como ya lo evidencia la venta de “bonos de carbono”.

 

El avance del desierto.

Al momento de hacer el ejercicio de imaginar las ciudades en 20 años más y las transformaciones de éstas considerando la profundización de los efectos del cambio climático, Daniela lamenta el avance que logrará el fenómeno de desertificación de la tierra. Pues en muchos lugares de Chile ya no hay agua, las vertientes están secas, los ríos y acuíferos están sobre explotados. Las mineras que están en las cabeceras de las cuencas hacen un uso desmesurado del agua pasando a contaminar todo. Y esto va provocando un deterioro ambiental generalizado, dando vueltas en un círculo vicioso, porque se instalan soluciones hídricas que agravan el problema, como la construcción de más embalses, más pozos, el entubar esteros y canales, etc. Aumenta la erosión, la pérdida de vegetación y de suelos, y con ello la capacidad de retención de humedad, lo que profundiza la desertificación.

Enfocándose en los contextos más urbanizados, Loreto advierte que el incremento en los índices de natalidad producirá la expansión de los terrenos de uso habitacional en las grandes urbes. En Santiago serán cada vez mayores las horas de traslado de sus habitantes, generando un impacto más profundo en las cantidades de contaminación en la ciudad. Aumentando así los problemas de salud en la población, sobretodo las enfermedades de carácter respiratorio (lo que repercute a la vez en las grandes dificultades que ya tienen los hospitales públicos con la entrega de una salud de calidad y que se proporcione bajo criterios de justicia social). Al convertirse en suelo urbano un territorio que antes no lo era, se perciben mucho menos los impactos del cambio climático sobre la geografía del entorno natural. Sin embargo, resulta imposible escapar de las consecuencias de contaminación e insalubridad constante que predominan en la ciudad.

 

Prácticas regenerativas, decisiones de consumo y la importancia de los movimientos sociales.

Después del diagnóstico de nuestro presente y el ejercicio especulativo de imaginar nuestro planeta en 20 años más, se les consultó a las entrevistadas, ya en un modo más propositivo, sobre la adaptación de nuestras ciudades al cambio climático y la transformación cultural necesaria para llevar a cabo esto. Se plantean opciones a nivel personal como también decisiones para desenvolverse en el espacio social. Desde nuestra cotidianeidad el aporte tiene que ver con las decisiones de consumo a las que nos enfrentamos día a día; optar, por ejemplo, por adquirir nuestros alimentos a través de pequeños agricultores locales, que produzcan orgánicamente, para fortalecer nuevas dinámicas de intercambio para la economía local. Dejando de comprarle a quien cultiva con agrotóxicos, en base a monocultivos que sólo destruyen la tierra y sus ecosistemas. Por otro lado, pero muy relacionado, está la decisión política de organizarse en torno a los territorios y su defensa, sentirse parte del espacio geográfico que habitamos. Aprendiendo a descentralizar los servicios básicos de los cuales depende la vida urbana, generando la infraestructura para la gestión comunitaria de la energía, el agua y los desechos. Lo que implica el trabajo social por el fortalecimiento de los lazos dentro de la comunidad y el desarrollo de capacidades de organización y acción entre los habitantes de un territorio.

En el entorno urbano se propone que las ciudades deban reorganizarse de una manera en que la gente no tenga que viajar largas distancias para llegar a sus trabajos, para de esta forma reducir el gasto de combustibles. Facilitar también el transporte en otros medios como la bicicleta y reducir así las emisiones de carbono. Además hay un tema con el uso de los espacios, reducir el cemento y aumentar las áreas verdes y cultivos urbanos. Mientras que en espacios alejados de la urbanización extrema hay que apuntar hacia el rescate de la tierra con la intención de volvernos regenerativos. Ya no sólo utilizar productos que no hagan daño, sino que proponerse el objetivo de revitalizar los suelos que han sido destruidos. Existen experiencias de comunidades que han perdido sus tierras, que han sido deterioradas por los monocultivos, las sequías, etc., quedando muy a merced de la erosión, y que pudieron recuperar ciertas condiciones gracias a una investigación agroecológica, ligada al uso de recursos locales y contextualizados con la gente del lugar, donde se han podido restablecer ecosistemas. Pues, el planeta no puede llegar a sentirse como perdido, es un planeta vivo que todavía respira.

También es importante destacar el trabajo que están desarrollando los movimientos sociales para detener el avance del cambio climático y las entidades que lo sustentan. En el sur de Chile, por ejemplo, está el movimiento del Pueblo Mapuche, desde hace muchísimo tiempo en situación de guerra con el Estado chileno y siendo perseguidos políticamente por este. Ellos están recuperando tierras, cuidando los ríos, haciéndole frente directamente a las empresas forestales que bajo el amparo del Estado han robado y destruido ecosistemas principalmente por medio de los monocultivos de pino y eucaliptus. Así como el movimiento mapuche, existen alrededor de toda América Latina distintas iniciativas territoriales que intentan frenar el avance del capitalismo y sus políticas de extracción de recursos naturales. Por tanto, resulta necesario no sólo enverdecer nuestras prácticas, sino que cambiar el modelo de producción basado en la explotación de la tierra. Es necesaria una transformación cultural, en todas las escalas, que permita desarrollar comunidades empoderadas, críticas, autónomas y activas, que permitan operativizar los objetivos de los movimientos sociales y las comunidades que los conforman.

 
(La imagen corresponde a un collage análogo realizado por Nico Sagredo).

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